31.10.12

El sueño de una noche de verano


Ya no era de hierro ni estaba pintada de verde. Ahora tenía un diseño moderno, de esos que mezclan cristal con acero… ¿Cómo había sucedido? No tenía ni idea, pero una cosa era cierta: me encontraba ante la puerta de mi antiguo colegio. El tiempo, ese elemento irracional que guía nuestra existencia, había pasado (el espejo me lo confirmaba con saña) y, sin embargo, en aquel instante presentí que las manecillas del reloj se habían detenido.

Alargué la mano para abrirla, pero me contuve. La curiosidad y el miedo se enzarzaron en una pelea que incrementó mi secreción de adrenalina. Reconocía el lugar, el edificio… pero algo había cambiado. Adivinaba que, si al final decidía entrar, no sabía a qué me enfrentaría dentro. Quería imaginar que volvería a ver el vestíbulo, el largo pasillo que tantas mañanas recorrí camino de mi clase, los azulejos grises de las paredes, desconchados y llenos de pintadas… Pero ¿y si no era así? Me arriesgaba a vivir a una situación fantástica e irreal pero cierta. Tan cierta como que aquella mañana el mundo a mi alrededor se había paralizado para que yo pudiese regresar a mi infancia dentro de un cuerpo de adulto.

Respiré hondo, como las heroínas de mis películas favoritas, y empujé la puerta. Ésta se abrió sin problemas, suavemente. Entré de golpe. Intuía que no era el momento de aplicar razonamientos lógicos o sensatos. Para jugar hay que arriesgar. Y si había aprendido algo de la vida es que tienes que aceptar las cartas que ésta te da, aunque no sean las más adecuadas ni las mejores. A partir de ahí, tu inteligencia y tu corazón marcan el sino de la partida.

La luz inundaba la estancia. Eso me permitió reconocer parte del portal (lo que quedaba de él). Habían instalado un bonito mostrador y algunos paneles, pero ¿dónde estaban el corredor y las clases? Las escaleras que daban acceso a las otras plantas también habían desaparecido. A unos cuatro metros había unas grandes puertas correderas, de cristal oscurecido. En cuanto el sensor detectó mi movimiento el mecanismo se activó y las hojas de cristal se deslizaron gradualmente, permitiéndome el paso. Las luces se encendieron y pude ver, por fin, los cambios que el tiempo había infligido a mi colegio.

Mis ojos captaron la visión, pero mi cerebro tardó unos segundos en asimilar la información que recibía: ya no existía la clase de 1ºD, ni el pasillo, ni el laboratorio ni el aula de dibujo…Estaba rodeada de decenas de animales al acecho, algunos escondidos y otros expectantes, la mayoría exhibiendo sus poderosas garras y mandíbulas en tensión… Estaba… ¡Estaba en el Mufomi, el Museo de los Dinosaurios de Elgoibar! ¡Y había tardado 15 años en enterarme de su inauguración!

Moraleja: “Visite nuestros museos, por favor. Porque, aunque no lo crea, existe vida más allá del sofá”

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Dinosaurios de andar por casa.
Sonia Martínez Bueno.

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